Uno de los calvarios de la diabetes

Uno de los calvarios de la diabetes

Mi abuelo no se preocupaba por su diabetes, pensaba que no empeoraría, que ya se la habían diagnosticado, que viviría tomando pastillas e inyectándose insulina pero nada peor podría pasar, pese a las mil y una advertencias de los médicos. Pero como todo buen mexicano, hasta que no lo vivió en persona fue cuando comenzó a poner atención en cada aspecto de su cuerpo, sobretodo de su piel. ¿Por qué? Hace unas semanas se encontró con un viejo amigo, quien también padece dicha enfermedad, en una clínica y le comentó que estaba ahí porque hacía ya más año y medio que inició con una herida y ahora se convirtió en una úlcera varicosa que no cierra.

El amigo de mi abuelo le contó el calvario que ha vivido, pues dicha herida comenzó como un rasguño, el cual fue creciendo y creciendo conforme avanzaban los días, hasta convertirse en una gran herida del tamaño de un limón o quizá más grande abierta y supurante, que duele y es extremadamente molesta. Le reveló que ha visitado diversos especialistas en la materia pero ninguno ha encontrado el tratamiento ideal que le permita cerrar por completo, incluso fue con naturistas y probó diversos productos que le recomendaban, pero nada funcionaba. El señor no es de mucho dinero, pero de la desesperación se gastó una cantidad fuerte en un tratamiento con oxígeno, pero ni eso pudo ayudarlo.

Me cuenta mi abuelo que nunca había visto a su amigo llorar y esa ocasión los ojos se le llenaron de lágrimas que comenzaron a escurrir por sus mejillas mientras continuaba con su relato. Le comentó que hay veces que el dolor es insoportable y que en temporada de calor, cuando le gusta usar shorts y estar cómodo, ahora ya no puede hacerlo, por miedo a que se le infecte, pero más que nada por la vergüenza que siente que el mundo lo vea así. Su vida la describe como un calvario, una pesadillas de la cual aún espera despertar.

Al llegar a casa, mi viejo estaba pálido, sin ganas de comer ni de hacer nada, sólo estaba pensativo. De pronto comenzó a llorar de la nada, escuchamos sus sollozos a la distancia y corrimos a verlo, mi madre, es decir, su hija, lo abrazó y le preguntó que qué tenía, el respondió de forma contundente: “No me quiero morir, no quiero tener esas heridas tan feas”. Mi madre le dijo entonces que debía seguir las recomendaciones del médico: hacer ejercicio, cuidar su alimentación, usar calcetas especiales y registrar los niveles de su azúcar.

Mis padres, mi hermana y yo decidimos apoyarlo en todo momento, le dábamos ánimo para que aguantara el no comer un chocolate envinado, que eran sus favoritos, incluso había veces que mi hermana o yo salíamos a caminar con él, para que sintiera el apoyo de la familia. Esto parecía motivarlos y cada día se notaba más contento y saludable. Mi madre se encargó de darle la dirección de una clínica donde se especializaban en esas heridas para que se la pasara a su amigo y así pudiera ayudar a alguien con esa condición.

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