La única vez que mi madre me golpeó

La única vez que mi madre me golpeó

Mis padres nunca han sido de golpear a sus hijos, en mis 22 años de vida sólo una vez mi madre me pegó, la verdad es que lo tenía bien merecido, mientras que a mi hermano no le ha pasado y espero no lo sufra, sobre todo porque tendría que ser una falta de respeto grave, lo cual no toleraría de ver. Pese a nuestro mal comportamiento, mis padres han sabido guiarnos con consejos, pláticas o castigos, evitando así cualquier agresión física, pues decían que la violencia solo genera más violencia, lo cual no querían en nuestras vidas.

Cuando nos portábamos mal o hacíamos algo que no iba con los valores que nuestros padres nos habían inculcado, lo primero que hacían era hablar con nosotros para que entendiéramos que estábamos haciendo mal las cosas. Nos daban ejemplos de por qué no debíamos hacerlo, nos decían lo que nos podría pasar y nos daban algunos consejos para erradicar ese comportamiento. Claro que la plática no siempre funcionaba, así que volvíamos a las andadas y era cuando nos castigaban. Sabían quitarnos las cosas que nos dolían. A mí me castigaban con mis videojuegos, sacaban la consola de mi cuarto y la escondían, pese a que les hacía berrinches y pataleaba, no me la devolvían, incluso los días de castigo los aumentaban mientras más tiempo llorara, así que me calmaba. A mi hermano los castigaban sin sus juguetes, al igual que a mí se los escondían. Al menos él entendía rápido que entre más llorara más tiempo lo iban a dejar castigado, así que e calmaba mucho más rápido que yo.

Después de un sinfín de regaños, pláticas y charlas, llegó el día en que mi madre, sin tentarse el corazón, agarró una cuchara de madera, tomó vuelo y me la azotó en el labio. Mi labio se reventó, no tan exagerado pero si me abrió un poco. ¿Por qué me pegó? Estábamos un domingo a punto de desayunar hotcakes y ese día yo me había levantado de malas por problemas en la escuela y porque me había peleado con mi mamá la noche anterior porque no me dejaba salir, así que la cosa ya estaba calientita desde antes. No recuerdo lo que me pidió mi madre pero le dije que no, que lo hiciera ella. Entonces aplicó la frase “sígueme contestando y te voy a dar una cachetada”. Sabiendo que no era de pegar, no le di importancia y la reté. “A ver, pégame. Ándale”. No lo dije dos veces cuando sentí el golpe en la boca. No lo vi i venir, me tomó desprevenido y entró en blandito. Me le quedé viendo, sorprendido por su reacción. Pensé que me pediría disculpas pero no lo hizo, en su lugar dijo: “Sígueme retando”. Ese día me cayó el 20, tenía unos 13 años, pero supe que me estaba pasando de la raya con mis papás, a tal grado que mi mamá ya me había pegado, algo que nunca había hecho. Ahora que soy padre, comprendo lo difícil que fue para mi madre darme ese cucharazo, pero sé lo importante que fue para que yo pudiera recomponer mi actitud hacia ellos y los demás.

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